Cuento de
Edwin Giovanni Estupiñán Pérez y Gustavo Galindo Hernández
Curso Literatura
- Grupo 401127_5
Con gratitud y aprecio para nuestra Tutora
Laura Salomé
| http://www.google.com/url? |
El sol del mediodía adormeció a nuestro galán, un joven granjero un poco
introvertido, alto y fornido, de cabellos negros, tez trigueña y ojos marrones, de ademanes campechanos,
ingenuo a veces pero honesto siempre, que por costumbre apacentaba su aprisco
en los pastizales cerca del río, donde solía tomar la siesta; allí, a la sombra
de frondosos robles, descansaba junto a
sus cabras a la orilla del riachuelo, pensando en aquella hermosa mujer, ya madura para él, que había encendido
en su corazón las llamas del amor.
De repente la vio venir por el sendero danzando con alegría y
tarareando una romántica tonada; sus ojos verdes brillaban
con dulzura, sus anchas faldas iban y veían al vaivén del viento mostrando unas
bellas y espigadas piernas y su blusa desabrochada dejaba entrever sus
torneados senos, cubiertos con recatado disimulo por su ondulada y abundante
cabellera rubia.
Sonriente y con su corazón agitado y a punto de estallar, vio como ella
se detuvo frente a él y con suaves pero sugestivos movimientos seguía danzando
en actitud provocadora. Fue tal la emoción
de nuestro amigo que se levantó rápidamente para tomarla de la mano y compartir con ella esa embrujadora danza;
estaba a punto de tomarla entre sus brazos para declararle su amor, cuando su olfato percibió un penetrante olor a
tabaco y sus oídos escucharon una burlona y desagradable carcajada que despertó a nuestro amigo del romántico sueño
en que se había extasiado.
Y, ¡oh sorpresa!, frente a él no estaba
la bella y madura mujer de sus sueños sino un personaje aterrador, un
hombre escuálido y de baja estatura, de cabellera y barbas desgreñadas que llegaban abajo de sus rodillas y en su boca desdentada un
enorme tabaco se consumía lentamente.
-Je, je, je, je…..; muchacho
condenado, ni te atrevas a pensar nuevamente en mi doncella porque te arrastraré
hasta mi balsa y te arrojaré a la cascada de donde nunca regresarás. No olvides
que soy el Mohán, dueño y señor de ríos y quebradas y protector de las mujeres
de mi reino.
-¡Estate quieto Mohán! -se atrevió a balbucear nuestro asustadizo
enamorado y soñador, fue todo lo que
pudo decir, antes de correr despavorido hacia cualquier parte.
| http://www.google.com/url? |
Nuestro amigo corrió como nunca lo había hecho, alejándose del río y de
aquel espeluznante personaje, que ni de
sus cabras se preocupó y en su huida
desesperada recordó las leyendas contadas por los abuelos sobre un mítico
personaje montaraz que recorría errante caminos y senderos y cuyos ojos
irradiaban en las noches una enceguecedora luz rojiza por lo que algunos vecinos
lo llamaban El Luminoso, pues tenía el poder de aparecer de diversas formas,
unas como hoy pequeño, desdentado y aterrador, otras vestido encantadoramente y
de finos modales, otras bañado en oro reluciente, y muchas veces dejando a su
paso solo el penetrante olor a tabaco y
en el aire el sonido destemplado de sus carcajadas.
Nuestra bella y provocadora danzarina
nunca más apareció en sus sueños, de seguro el Mohán o El Luminoso la
llevó a su refugio en las montañas del lugar, pensaba nuestro enamorado soñador, que decepcionado
únicamente podía verla en sus recuerdos, porque en sus sueños
solo aparecía el mítico Mohán o Luminoso que lo despertaba aterrado y gritando:
-¡Estate quieto Mohán! ¡Estate
quieto Mohán! ¡Estate quieto Mohán!
| www.eloraculodeltrisquel.com |
Pero pasado algún tiempo la historia cambió, del Mohán no se había tenido noticia alguna por
años; y una tarde de intenso verano y después de un día de trabajo
Helena subía hacia su hacienda cuando camino arriba un joven jinete la detuvo y le dijo:
-Muy buenas tardes ingeniera. ¿Me permite unos minutos?
-Cuénteme señor Torres –respondió Helena
-¿Dios hace crecer las semillas? ¿Por qué ellas mueren para dar vida?
–preguntó con cierta malicia el señor Torres, que no era otro que nuestro amigo
campechano y sonador enamorado, víctima del Luminoso o Mohán.
La cara de Helena lo decía todo, pues Carlos la pretendía desde tiempo
atrás; pero ella buscaba alguien mejor, no alguien mejor parecido sino alguien
más normal o acorde con su condición social y económica.
-Sí, ingeniera yo creo que hay ángeles que trabajan por las noches…; sí,
sí, trabajan siempre en parejas pues
cuando viene la siembra ellos se
ubican uno a cada lado de la semilla,
soplan con cañutos largos y hacen crecer la mata; y luego mi Diosito hace llover y ahí es donde la mata
echa pa’rriba y da su fruto, como en el amor.
Helena templó las riendas del rosillo para marcharse incómoda, pero se
topó de frente con el caballo de Carlos quien hábilmente lo interpuso.
-Sí ingeniera, yo haré para usted un milagro; abajo cerca de la
quebrada, por donde pastan mis cabras y mis ovejas, yo sembraré miles y miles
de flores cuya belleza usted no topará en ningún otro sitio y su fragancia la invadirá…, y mareada y
estrujada pensará sólo y solitico en mí…, porque es que yo conozco los
ángeles…, yo los he atisbado…, yo sé de lo que son capaces… y yo a usted
señorita ingeniera…, yo a usted,…es decir…, yo la amo, sí, sí la amó de verdad
y quiero que…
-¡Quieeeeto Mohán! -Respondió Helena perturbada por aquellas palabras y
espoleó su caballo para pasar a la
fuerza. Tal vez eso era lo que más gustaba a Carlos, quien se quitó el sombrero
para dar paso a su bella amazona, y esta
con rapidez se perdió a lo lejos.
Nuestro amigo tomó el camino rumbo al pueblo pensativo, sonriente y casi
satisfecho pues había logrado arrancarle unas palabras a su enamorada; ya en el
pueblo entró a la tienda para comprar un panelón, dos libras de espermas y un
kilo de sal; luego en la cantina un galón de chirrinche que se bebió esa
noche en su rancho para soñar con ella.
También el Luminoso regresó de nuevo, recorría, como de costumbre, los caminos avanzando a donde quiera; para él el tiempo no contaba, pues
sabe que el tiempo rige solo a los humanos; como creador y vigilante puede
saltar la realidad en un segundo,
abrirla y pasar a otra dimensión para
mostrase a quien no lo quiere encontrar y en la realidad a quien no lo quiere ver. Él
trabaja para alguien más poderoso, trabaja para el Creador del universo y obedece a la madre divina, la selva.
Temprano en la madrugada Helena despertó como de costumbre, su
rutina era la de siempre, un paso rápido por el baño, agua caliente con limón y
miel para el hígado, un humeante café tinto cerrero y un buen abrigo para la
madrugada antes de comenzar la ronda por las pesebreras; alfalfa para las vacas
lecheras, forraje para las novillas, concentrado para los caballos y una pala
grande para la limpieza; miro su reloj, las 4:30 y ya se le hacía tarde para
alimentar las gallinas y recoger los huevos.
| http://www.google.com/url? |
Entre el trabajo y sus pensamientos había un recuerdo nuevo que la
atormentaba, tal vez no quería aceptarlo, pero
Carlos rondaba en su mente; la conversación del día anterior, aunque
breve, la había intrigado, cada una de aquellas palabras y su actitud
campechana pero firme y honesta le evidenciaron la realidad, ella y su soledad y los años que pasaron sin atender
los llamados del corazón. Pero el trabajo duro de la hacienda la alejaba de sus
penas, pronto amanecería y aún no terminaba, percatándose de que esa mañana
estaba descuidada en sus faenas; ensilló sin la enjalma, dejó floja la
cincha, olvidó la baticola y revisó las herraduras de sus cabalgaduras solo al final encontrando que había que cambiar
varias, lo haría en la tarde; las 7:00 y aún
no estaba en camino a su trabajo.
Calzó sus botas, saltó la cerca y corrió por el camino rumbo al pueblo y
ya llegando recordó que había por allí unos perros bastante bravos, los espantó
defendiéndose con su abrigo, pero algo o alguien asustó a los perros. Se apartó rápidamente del camino para internarse
en el monte, avanzando cautelosa través
de la maleza, saltando, apartando y esquivando toda clase de obstáculos.
La invadía la necesidad imperiosa de mirar hacia atrás y justo cuando trató de hacerlo se encontró
frente a una enorme zanja que, con el
impulso de la carrera y la adrenalina, pudo saltar para salir ilesa pero sin
embargo tropezó y rodó cuesta
abajo y al salir, allí estaba el
Luminoso, vestido encantadoramente y con finos modales le sonrió y le hizo una
breve seña con sus manos en señal de amigo protector.
| http://tecnonautas.net/2013/05/03/v |
-¡Virgencita linda! ¿Qué…, qué… cosa es esto? ¡Oh el Luminoso! -Estaba
sentada, desgreñada, confundida y sola en un paraje sobre el camino hacia la loma donde nuestro amigo Carlos le había declarado
su amor. Allí, al observar el encanto y la belleza del entorno natural, lo comprendió todo, era para ella.
El círculo parece ser figura sagrada, pues en ellos comenzó a danzar Helena, cada vez
más asombrada y tal vez enamorada; escuchaba melodiosos sonidos musicales muy cerca de
ella, cantaba girando y girando
con ellos hasta remontar la cima de la loma para caer rendida sobre la hierba, luego oró y dio gracias por
su libertad, por respirar y ver, por su viva y por lo que sentía en su corazón
que palpitaba tanto como cuando desbocaba a
su caballo en galope tendido; de pronto fue perdiendo la noción del tiempo, pero no fue
lo único, su sombrero y su pañoleta de
seda habían quedado en el monte; durmió
hasta el mediodía.
| http://www.capaparafacebook.com.br/campo-florido-2/ |
Al despertar miró a todos lados, creyó que todo había sido un sueño,
suspiro plácidamente y regresó a la
realidad; pero al incorporarse pudo comprobar que el milagro de la
naturaleza había sucedido, abajo en el
valle y bañado por el río se extendía un amplio y hermoso cultivo de flores
multicolores que habían llenado el ambiente con su cautivadora fragancia.
-¿Carlos? ¡No puede ser! –se dijo a sí misma. Más tarde, al
regresar al pueblo y escuchar cascos de caballos sobre las
empedradas calles pensó nuevamente en él. Luego, en su oficina no atinaba a
redactar sus informes, los miles de colores pasaban por su mente repetidamente y su fino olfato percibía la fragancia de las flores y en su mente
revivían los olores de aquel cuerpo de campesino luchador y de sus ropas.
– ¿Y esa flor en tu cabello?
–preguntó su compañera de trabajo.
Responder que no tenía ni idea, o responder quién se la había regalado,
dar muchas explicaciones…, no, sólo
atinó a manifestar que la había
encontrado en el camino.
–Nunca…, pero nunca había visto una flor como esa. ¡Dámela! –dijo su
amiga; extrañamente y sin pensarlo Helena se la quitó y se la entregó.
-La pondré en aquel jarrón, gracias Helena -y haciéndolo con prontitud
se quedó extasiada frente a ella, realmente era un flor tan exótica, como bella
y fragante.
De repente experimentó un impulso incontrolable, un deseo
irresistible de ver a Carlos; tomó
prestado un caballo y partiendo al
galope fue a buscarlo en los pastizales
junto a la quebrada, pues sabía que por allí siempre estaba junto a su rebaño;
pero tomó el camino que la llevaría al lado opuesto de la quebrada quería
espiarlo primero y agazapada entre la
maleza vio al hombre que la había
cautivado con su rudeza, pero también con su
ingenuidad sincera y su manera de expresar sus sentimientos; allí estaba
tendido bajo el inmenso roble donde sesteaban sus ganados para protegerse del
intenso calor del mediodía. Lo observó por un largo rato pensando en tantas
cosas que se atropellaban en su mente.
-No es muy apuesto, pero a la larga tampoco es feo – se dijo Helena. -No
es muy bueno en lo que hace, pero es honesto, y aunque joven es muy serio. – mientras tanto observó
como las ovejas causaban daño, por largo rato comían del sembrado de
trigo sin que su pastor se percatara.
Por fin el hombre desperezándose se levantó y sin que ella lo notara
tomó en sus manos el zurrón que siempre
llevaba consigo y acercándose a la orilla y, para sorpresa de Helena, sacó del zurrón el sombrero
y la pañoleta de seda que había perdido
en el monte; después de olerlos con disimulada ternura, los beso y los dejó
sobre una inmensa piedra a orillas de la quebrada, ¿ya sabía que ella lo
observaba?, tal vez sí o tal vez no, pero al saltar de una piedra a otra, cayó torpemente al agua haciendo una
pirueta graciosísima que por poco delata
a su observadora cuando grito -¡Qué tonto es !
–Y tapando su boca con las manos se dijo
-Y yo más boba viendo a este bobo creyente de mohanes, pero es hermoso y
también lo amo.
Más tarde, toldando el sol y ya en el pueblo, luego de llevar las cabras
y las ovejas a los apriscos del patrón, Carlos fue a la tienda para
abastecerse de tabaco y chirrinche; por
el camino, rumbo a su rancho allá en la loma vio, entre atónito y
desconfiado, la figura ensoñadora de una
amazona de cabellos de oro, ojos verdes que
brillaban con dulzura, anchas faldas que iban y veían al vaivén del viento
mostrando sus bellas y espigadas piernas y una blusa desabrochada que dejaba entrever sus torneados senos, cubiertos con
recatado disimulo por su ondulada y abundante cabellera rubia.
-Muy buenas tardes señor Torres. ¿Me permite unos minutos?...
¡Con un cuento bien echado y con la suerte
de tu lado, alcanzarás lo que tu amas!
¡A veces, en la vida, a un bobo se le
aparece la Virgen o en cualquier caso el Mohán o el Luminoso!