jueves, 21 de mayo de 2015

¡ESTATE QUIETO MOHÁN!





Cuento de Edwin Giovanni Estupiñán Pérez y Gustavo Galindo Hernández
Curso Literatura - Grupo 401127_5
Con gratitud y aprecio para nuestra Tutora Laura Salomé
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El sol del mediodía adormeció a nuestro galán, un joven granjero un poco introvertido, alto y fornido, de cabellos negros, tez trigueña y  ojos marrones, de ademanes campechanos, ingenuo a veces pero honesto siempre, que por costumbre apacentaba su aprisco en los pastizales cerca del río, donde solía tomar la siesta; allí, a la sombra de  frondosos robles, descansaba junto a sus cabras a la orilla del riachuelo, pensando en aquella hermosa  mujer, ya madura para él, que había encendido en su corazón las llamas del amor.
De repente la vio venir por el sendero danzando con alegría y tarareando  una  romántica tonada; sus ojos verdes brillaban con dulzura, sus anchas faldas iban y veían al vaivén del viento mostrando unas bellas y espigadas piernas y su blusa desabrochada dejaba entrever sus torneados senos, cubiertos con recatado disimulo por su ondulada y abundante cabellera rubia.
Sonriente y con su corazón agitado y a punto de estallar, vio como ella se detuvo frente a él y con suaves pero sugestivos movimientos seguía danzando en actitud  provocadora. Fue tal la  emoción  de nuestro amigo que se levantó rápidamente para tomarla de la mano  y compartir con ella esa embrujadora danza; estaba a punto de tomarla entre sus brazos para declararle su amor, cuando   su olfato percibió un penetrante olor a tabaco y sus oídos escucharon una burlona y desagradable carcajada que  despertó a nuestro amigo del romántico sueño en que se había extasiado.
Y, ¡oh sorpresa!, frente a él no estaba  la bella y madura mujer de sus sueños sino un personaje aterrador, un hombre escuálido y de baja estatura, de cabellera y barbas  desgreñadas que llegaban abajo de  sus rodillas y en su boca desdentada un enorme tabaco se consumía lentamente.
-Je, je,  je, je…..; muchacho condenado, ni te atrevas a pensar nuevamente en mi doncella porque te arrastraré hasta mi balsa y te arrojaré a la cascada de donde nunca regresarás. No olvides que soy el Mohán, dueño y señor de ríos y quebradas y protector de las mujeres de mi reino.
-¡Estate quieto Mohán! -se atrevió a balbucear nuestro asustadizo enamorado y  soñador, fue todo lo que pudo decir, antes de correr despavorido hacia cualquier parte.
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Nuestro amigo corrió como nunca lo había hecho, alejándose del río y de aquel espeluznante  personaje, que ni de sus  cabras se preocupó y en su huida desesperada recordó las leyendas contadas por los abuelos sobre un mítico personaje montaraz que recorría errante caminos y senderos y cuyos ojos irradiaban en las noches una enceguecedora luz rojiza por lo que algunos vecinos lo llamaban El Luminoso, pues tenía el poder de aparecer de diversas formas, unas como hoy pequeño, desdentado y aterrador, otras vestido encantadoramente y de finos modales, otras bañado en oro reluciente, y muchas veces dejando a su paso solo el penetrante  olor a tabaco y en el aire el sonido destemplado de sus carcajadas.
Nuestra bella y provocadora danzarina  nunca más apareció en sus sueños, de seguro el Mohán o El Luminoso la llevó a su refugio en las montañas del lugar, pensaba  nuestro enamorado soñador, que decepcionado únicamente  podía verla  en sus recuerdos, porque en sus sueños solo  aparecía el mítico Mohán o  Luminoso que lo despertaba aterrado   y gritando:
 -¡Estate quieto Mohán! ¡Estate quieto Mohán! ¡Estate quieto Mohán!
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Pero pasado algún tiempo la historia cambió, del  Mohán no se había tenido noticia alguna por años; y  una tarde de  intenso verano y después de un día de trabajo Helena subía hacia su hacienda cuando camino arriba un joven  jinete la detuvo y le dijo:
-Muy buenas tardes ingeniera. ¿Me permite unos minutos?
-Cuénteme señor Torres –respondió Helena
-¿Dios hace crecer las semillas? ¿Por qué ellas mueren para dar vida? –preguntó con cierta malicia el señor Torres, que no era otro que nuestro amigo campechano y sonador enamorado, víctima del Luminoso o Mohán.
La cara de Helena lo decía todo, pues Carlos la pretendía desde tiempo atrás; pero ella buscaba alguien mejor, no alguien mejor parecido sino alguien más normal o acorde con su condición social y económica.
-Sí, ingeniera yo creo que hay ángeles que trabajan por las noches…; sí, sí, trabajan siempre en parejas pues  cuando viene la  siembra ellos se ubican uno  a cada lado de la semilla, soplan  con cañutos largos y hacen crecer la mata; y luego mi  Diosito hace llover y ahí es donde la mata echa pa’rriba y da su fruto, como en el amor.
Helena templó las riendas del rosillo para marcharse incómoda,  pero se  topó de frente con el caballo de Carlos quien hábilmente lo interpuso.
-Sí ingeniera, yo haré para usted un milagro; abajo cerca de la quebrada, por donde pastan mis cabras y mis ovejas, yo sembraré miles y miles de flores cuya belleza usted no topará en ningún otro sitio y  su fragancia la invadirá…, y mareada y estrujada pensará sólo y solitico en mí…, porque es que yo conozco los ángeles…, yo los he atisbado…, yo sé de lo que son capaces… y yo a usted señorita ingeniera…, yo a usted,…es decir…, yo la amo, sí, sí la amó de verdad y quiero que…
-¡Quieeeeto Mohán! -Respondió Helena perturbada por aquellas palabras y espoleó su  caballo para pasar a la fuerza. Tal vez eso era lo que más gustaba a Carlos, quien se quitó el sombrero para dar  paso a su bella amazona, y esta  con rapidez se perdió a lo lejos.
Nuestro amigo tomó el camino rumbo al pueblo pensativo, sonriente y casi satisfecho pues había logrado arrancarle unas palabras a su enamorada; ya en el pueblo entró a la tienda para comprar un panelón, dos libras de espermas y un kilo de sal;  luego en la cantina un galón de chirrinche que se bebió esa noche en su rancho para soñar con ella.
También el Luminoso regresó de nuevo, recorría, como  de costumbre, los caminos  avanzando a donde  quiera; para él el tiempo no contaba, pues sabe que el tiempo rige solo a los humanos; como creador y vigilante puede saltar  la realidad en un segundo, abrirla y pasar a otra dimensión para  mostrase a quien no lo quiere  encontrar y  en la realidad a quien no lo quiere ver. Él trabaja para alguien más poderoso, trabaja para el Creador del universo y  obedece a la madre divina, la selva.
Temprano en la madrugada Helena  despertó como de costumbre, su rutina era la de siempre, un paso rápido por el baño, agua caliente con limón y miel para el hígado, un humeante café tinto cerrero y un buen abrigo para la madrugada antes de comenzar la ronda por las pesebreras; alfalfa para las vacas lecheras, forraje para las novillas, concentrado para los caballos y una pala grande para la limpieza; miro su reloj, las 4:30 y ya se le hacía tarde para alimentar las gallinas y recoger los huevos.
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Entre el trabajo y sus pensamientos había un recuerdo nuevo que la atormentaba, tal vez no quería aceptarlo, pero  Carlos rondaba en su mente; la conversación del día anterior, aunque breve, la había intrigado, cada una de aquellas palabras y su actitud campechana pero firme y honesta le evidenciaron la realidad, ella y  su soledad y los años que pasaron sin atender los llamados del corazón. Pero el trabajo duro de la hacienda la alejaba de sus penas, pronto amanecería y aún no terminaba, percatándose de que esa mañana estaba descuidada en sus faenas; ensilló sin la enjalma, dejó floja  la cincha, olvidó la baticola  y revisó las herraduras de sus cabalgaduras solo  al final encontrando que había que cambiar varias, lo haría en la tarde; las 7:00 y aún  no estaba en  camino a su trabajo. Calzó sus botas, saltó la cerca y corrió por el camino  rumbo al pueblo y ya llegando recordó que había por allí unos perros bastante bravos, los espantó defendiéndose con su abrigo, pero algo o alguien asustó a los perros. Se  apartó rápidamente del camino para internarse en el monte,  avanzando cautelosa través de la maleza, saltando, apartando y esquivando toda clase de obstáculos.
La invadía la necesidad imperiosa de mirar hacia atrás y  justo cuando trató de hacerlo se encontró frente a  una enorme zanja que, con el impulso de la carrera y la adrenalina, pudo saltar para salir ilesa pero sin embargo tropezó  y rodó   cuesta abajo y al  salir, allí estaba el Luminoso, vestido encantadoramente y con finos modales le sonrió y le hizo una breve seña con sus manos en señal de amigo protector.
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-¡Virgencita linda! ¿Qué…, qué… cosa es esto? ¡Oh el Luminoso! -Estaba sentada, desgreñada, confundida y sola en un paraje sobre el camino hacia  la loma  donde nuestro amigo Carlos le había declarado su amor. Allí, al observar el encanto y la belleza del entorno natural, lo  comprendió  todo, era para ella.
El círculo parece ser figura sagrada, pues  en ellos comenzó a danzar Helena, cada vez más asombrada y tal vez enamorada; escuchaba melodiosos  sonidos musicales  muy cerca de  ella, cantaba girando  y girando con ellos hasta remontar la cima de la loma para caer rendida  sobre la hierba, luego oró y dio gracias por su libertad, por respirar y ver, por su viva y por lo que sentía en su corazón que palpitaba tanto como cuando desbocaba a  su caballo en galope tendido; de pronto fue  perdiendo la noción del tiempo, pero no fue lo único, su sombrero  y su pañoleta de seda  habían quedado en el monte; durmió hasta el mediodía. 
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Al despertar miró a todos lados, creyó que todo había sido un sueño, suspiro plácidamente y  regresó a la realidad; pero al incorporarse pudo comprobar que el milagro de la naturaleza   había sucedido, abajo en el valle y bañado por el río se extendía un amplio y hermoso cultivo de flores multicolores que habían llenado el ambiente con su cautivadora fragancia.
-¿Carlos? ¡No puede ser! –se dijo a sí misma. Más tarde, al regresar  al pueblo  y escuchar cascos de caballos sobre las empedradas calles pensó nuevamente en él. Luego, en su oficina no atinaba a redactar sus informes, los miles de colores pasaban por su mente  repetidamente  y su fino olfato percibía  la fragancia de las flores y en su mente revivían los  olores de aquel  cuerpo de campesino luchador y de sus ropas.
 – ¿Y esa flor en tu cabello? –preguntó su   compañera de trabajo. Responder que no tenía ni idea, o responder quién se la había regalado, dar  muchas explicaciones…, no, sólo atinó a manifestar que  la había encontrado en el camino. 
–Nunca…, pero nunca había visto una flor como esa. ¡Dámela! –dijo su amiga; extrañamente y sin pensarlo Helena se la quitó y se la entregó.
-La pondré en aquel jarrón, gracias Helena -y haciéndolo con prontitud se quedó extasiada frente a ella, realmente era un flor tan exótica, como bella y fragante.
De repente experimentó un impulso incontrolable, un deseo irresistible  de ver a Carlos; tomó prestado  un caballo y partiendo al galope fue  a buscarlo en los pastizales junto a la quebrada, pues sabía que por allí siempre estaba junto a su rebaño; pero tomó el camino que la llevaría al lado opuesto de la quebrada quería espiarlo primero y  agazapada entre la maleza vio  al hombre  que la había cautivado con su rudeza, pero también con su  ingenuidad sincera y su manera de expresar sus sentimientos; allí estaba tendido bajo el inmenso roble donde sesteaban sus ganados para protegerse del intenso calor del mediodía. Lo observó por un largo rato pensando en tantas cosas que se atropellaban en su mente.
-No es muy apuesto, pero a la larga tampoco es feo – se dijo Helena. -No es muy bueno en lo que hace, pero es honesto, y aunque  joven es muy serio. – mientras tanto observó como las ovejas  causaban daño, por largo rato comían del sembrado de trigo sin que su pastor  se percatara.
Por fin el hombre desperezándose se levantó y sin que ella lo notara tomó en sus manos el   zurrón que siempre llevaba consigo y acercándose a la orilla y, para  sorpresa de Helena, sacó del zurrón el sombrero y la pañoleta de seda  que había perdido en el monte; después de olerlos con disimulada ternura, los beso y los dejó sobre una inmensa piedra a orillas de la quebrada, ¿ya sabía que ella lo observaba?, tal vez sí o tal vez no, pero al saltar de una piedra   a otra, cayó torpemente al agua haciendo una pirueta graciosísima que por poco  delata a su observadora cuando grito -¡Qué tonto es !  –Y tapando su boca con las manos se dijo  -Y yo más boba viendo a este bobo creyente de mohanes, pero es hermoso y también lo amo.
Más tarde, toldando el sol y ya en el pueblo, luego de llevar las cabras y las ovejas a los apriscos del  patrón, Carlos fue a la tienda para abastecerse de tabaco y chirrinche; por   el camino, rumbo a su rancho allá en la loma vio, entre atónito y desconfiado, la  figura ensoñadora de una amazona de cabellos  de oro, ojos verdes que brillaban con dulzura, anchas faldas que iban y veían al vaivén del viento mostrando sus bellas y espigadas piernas y una blusa desabrochada que dejaba  entrever sus torneados senos, cubiertos con recatado disimulo por su ondulada y abundante cabellera rubia.
-Muy buenas tardes señor Torres. ¿Me permite unos minutos?...

¡Con un cuento bien echado y con la suerte de tu lado, alcanzarás lo que tu amas!
¡A veces, en la vida, a un bobo se le aparece la Virgen o en cualquier caso el Mohán o el Luminoso!